Rodrigo Soto Lagos Investigador CESDE. Doctorando en Psicología Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

…se introyecta una visión utilitarista del cuerpo en las prácticas corporales que se suscitan tanto en empresas como a través del Estado, actividades que son despojadas de su sentido cultural y espiritual para ser funcionales, individualmente, a la vida en ciudad y al trabajo sin límites. En el fondo: el cuerpo se cuida “porque sirve”

 

 

 

 

 

En la actualidad, el discurso que vincula el deporte y la salud, se ha hecho cada vez más reconocido a través de expresiones como vivir sano o estar en forma. Políticas nacionales e internacionales  o tanto públicas como privadas, no dudarán en promover actividades que sirvan para prevenir la obesidad o el sedentarismo. Y por eso, de forma particular, en el mundo del trabajo también se facilitan las condiciones materiales para cumplir con esta “noble” tarea.

Bajo un mercado laboral marcado por la flexiblilidad y por la falta de límites, con desplazamientos amplios y tiempos escasos, la relación con el cuerpo no queda aislada al funcionamiento del modelo neoliberal: se requiere un diálogo expedito entre nuestras condiciones laborales, subjetivas y corporales. Erigiéndose el deporte y las diversas prácticas como el yoga, el fitness, la biodanza, o cualquiera similar, como una herramienta promotora de calidad de vida y de una relación consigo mismo(a) teñida por los discursos del neohigienismo. El cual actúa como un fin en sí mismo. Comunicando que la calidad de vida se consigue al realizar deporte, invisibilizando otros componentes de un “vivir bien”, tales como la armonía emocional, acceso a un salario digno, la igualdad  social, espacios para el ocio,  entre muchos otros aspectos que se pueden considerar localmente como promotores de una vida más vivible.

Para comprender este concepto de vivir sano o de calidad de vida, debemos advertir que las ideas que se promueven en torno al cuerpo, a la salud y al deporte, obedecen a un determinado contexto histórico. Esto quiere decir que en el mundo actual no es casual ni mucho menos desinteresado promover la naturalización entre estas, ya que aunque suene evidente para muchos: para habitar esta sociedad, se necesitan sujetos que sean funcionales a ésta, o sea que conozcan, sientan, usen y vivan las ideas que se promueven respecto a cómo subsistir en un mundo de riesgos, de inestabilidad y competencia. Un mundo que requiere de “emprendedores” para que el país continúe “progresando” y llegue al “desarrollo”.

Entonces, una de las versiones de sujeto que se promueven en la sociedad actual es el emprendedor,  capaz de autogestionar todo lo que sea gestionable: incluso la vida misma. El emprendedor es interpelado a moverse constantemente ¡no debe ser sedentario!, no debe estar quieto. Ya que si no realiza algún tipo de práctica corporal tres veces por semana puede correr el riesgo de enfermarse lo cual generará gastos para el país o la empresa.

En efecto, las implicancias que estas formas de socialización son varias, de las cuales enunciaré tres. Inicialmente, reconozco que se introyecta una visión utilitarista del cuerpo en las prácticas corporales que se suscitan tanto en empresas como a través del Estado, actividades que son despojadas de su sentido cultural y espiritual para ser funcionales, individualmente, a la vida en ciudad y al trabajo sin límites. En el fondo: el cuerpo se cuida “porque sirve”.

Otra implicancia es que la obesidad y el sedentarismo se construyen como problemas de cada uno. Piñera decía en sus discursos “cada uno es el mejor médico de si mismo”, desconociendo el rol y la responsabilidad del Estado en el cuidado de la salud de todos y todas. Así, realizar algún tipo de actividad física y en efecto, cuidar la salud, es responsabilidad de cada uno quién tiene la libre-obligación de “elegir vivir sano” (la discusión respecto a la posibilidad de que todas y todos l@s chilenas(os) podamos “elegir” vivir bien, debe darse, ya que evidentemente no todas las personas tienen esta capacidad ni en términos materiales ni subjetivos).

Como tercera implicancia de este tipo de prácticas que ofrecen como natural la relación entre la salud con alguna práctica corporal, se reconoce una patologización preventiva de la vida cotidiana, ya que el sentido de realizarlas no obedece a vivir el ocio o al goce del tiempo libre, sino a gestionar o prevenir los riesgos de enfermedades que “podríamos” tener si no realizamos este tipo de actividades. El mensaje aquí sería: hay que hacer deporte por si acaso.

Lejos de ofrecer al lector o lectora una genealogía de la relación entre el cuerpo y la salud o entre el deporte y la calidad de vida, es más importante reflexionar sobre cómo llega a ser necesario que ciertas formas de vida se promuevan socialmente tanto por políticas públicas y privadas. Entendiendo que no son casuales y que tienen efectos en las personas.

Quizás para vivir bien falta algo más que gimnasio, dietas, cirugías, corridas o maratones.