Los tontitos de siempre

En esta columna se analiza con ojo crítico el rol de los comunicadores en la comprensión del deporte y de los problemas que lo aquejan: la violencia y la construcción del imaginario de las hinchadas por medio de una retórica que solamente las situaría en la marginalidad, invalidando su rol como actores sociales ante la opinión pública.

Por *Camilo Améstica Zavala, sociólogo CESDE.

 

Podríamos ser como ellos y dedicarnos a repetir hasta el infinito, seguir durante años gastando energías en analizarlos, en criticar sus modos y en apelar a la responsabilidad que como comunicadores deberían tener.

Pero no, no van a entender.

Costó darnos cuenta porque creímos muchas veces su discurso, creímos ingenuamente que en el fondo lo que les movía era lo mismo que a nosotros, creímos en que su aparente indignación con la corrupción y la violencia era porque amaban el deporte, porque entendían, como nosotros, que el deporte y el fútbol son más que patear una pelota, porque sabían que el fútbol es una oportunidad inigualable de construcción de comunidad, de trenzado de esa fibra que tanto nos falta en Chile para el encuentro con el de al lado, con el otro.
Pero no, no quieren entender, no les conviene entender.


Cuando algunos periodistas deportivos, de la exclusiva casta de los grandes medios de comunicación, corren a las editoriales con sus recicladas o simplemente copiadas reflexiones acerca de cualquier hecho de violencia en el fútbol, no es que les preocupe el deporte, no es que les duela: su interés es otro porque su negocio es otro. Estos verdaderos agoreros de la catástrofe van veloces en búsqueda de la última desgracia para ser los primeros en decir que sus predicciones eran certeras y así complacer su amor propio. Van cual safari mostrándonos toda la fauna de simios desadaptados y culpables de que todo esté mal, de que todo se va a acabar muy pronto, para así alimentar a su público; su negocio es ser la voz de esa masa que clama por encontrar alguien en quien situar todos los males del fútbol, la economía o el país: si son los migrantes, los flaites o los políticos, poco importa.

Los clicks mandan y promover el odio es más fácil.

¿Quién tiene el derecho de imponer a toda una sociedad una forma única de manifestar sus sentimientos y tildar a todas las demás como ejercicios de monos delincuentes?

 

Podríamos seguir hablando de su mezquindad y limitaciones de contenidos, pero ya no son tema; si alguna vez tuvieron algo que aportar, ya no lo hicieron. Podríamos también hablar, como ellos, de las experiencias extranjeras que prueban las calamitosas condiciones de nuestro fútbol, pero me parece más útil resaltar las iniciativas que en otros países han tenido éxito al enfrentar la violencia en el fútbol. Me refiero a esas que, en sus pequeños grandes triunfos, mantienen viva la convicción de que la solución pasa por el reconocimiento y empoderamiento de la organización social y política que se da en torno al deporte, por dejar atrás los prejuicios clasistas del discurso periodístico y reivindicar el amor a la camiseta como una práctica legítima y valorable ¿Quién tiene el derecho de imponer a toda una sociedad una forma única de manifestar sus sentimientos y tildar a todas las demás como ejercicios de monos delincuentes? ¿Por qué nos es tan difícil aceptar que haya personas que vibren en sus fibras más íntimas al ver los colores de su club y nos sea tan natural que haya otras que “le hagan el aguante” al último iPhone?

Si la violencia es el problema entonces podríamos dedicarnos a decir, como ellos, que el narcotráfico y el crimen organizado se tomaron las galerías de los estadios; podríamos afirmar que la única solución es, como ellos proponen, agarrarnos a cabezazos con las paredes hasta que algo mágicamente cambie. Pero no, prefieren eso a indicar que el avance del narcotráfico y la delincuencia en los espacios del fútbol se ha dado por el abandono que como sociedad y Estado hemos hecho de ellos. Cuando entrar a un estadio se asemeja a entrar a un recinto penal, cuando se usa la figura del hincha de fútbol como el estereotipo de la irracionalidad, la violencia y la estupidez, lo que se está haciendo es decirle a miles de jóvenes que aquellos lazos de amistad, comunidad y solidaridad que han sabido construir (allí donde falla la familia, la educación y el trabajo) son vínculos ilegales, son vínculos sancionables: y bien sabemos que en el marco de la ilegalidad y la marginación es dónde mejor puede operar la cultura criminal. Es cuestión de ver el nacimiento de las más grandes pandillas criminales del mundo para saber que en Chile el narcotráfico entendió que puede parasitar los sentimientos gregarios del fútbol, puede usar a nuestros jóvenes como carne de cañón para sus guerras.

Y esto, de lo que nos escandalizamos tanto, es porque nosotros lo permitimos.

Nota de La Tercera, 18 de julio de 2015.

Nos quisieron hacer creer que el aporte social del fútbol se limitaba a sacar un puñado de niños de la pobreza para hacerlos millonarios y llevarlos a Europa, desconociendo que la importancia de este deporte es mucha más y para muchos más. Estoy convencido de que la lucha contra la violencia (no solo en el fútbol) se ganará mediante el fomento de los lazos de solidaridad y de la organización social que tan bien sabe generar el deporte.

Aquí podríamos decir, como ellos, que esto nunca se dará pues los hinchas son egoístas y solo se preocupan de sí mismos; son flaites al fin y al cabo. Pero no, prefiero mirar las crecientes experiencias de responsabilidad y organización que hoy proponen la recuperación del rol social de los clubes de fútbol profesional, elijo destacar a aquellos que día a día se enfrentan a la violencia con las armas de la democracia y el respeto, a quienes afirman que existen otros caminos posibles en los roles de género dentro de las hinchadas, a los que desde los estudios sociales del deporte en Latinoamérica van poniendo sus conocimientos al servicio del rescate del deporte para todos. 

Sabemos que volverán los tontitos de siempre a repetir en los diarios y la televisión que todo está perdido, que ya no hay más esperanzas, pero ya no se les creerá: nunca amaron al fútbol.

 

*Camilo Améstica Zavala es Sociólogo de la Universidad de Valparaíso, Doctorando en Sociología por la Universidad Alberto Hurtado. Ha centrado su trabajo académico en el estudio de las hinchadas de fútbol, grupos sociales que se conforman en torno a los clubes de fútbol profesional a través de su participación como investigador y miembro fundador del Centro de Estudios Socioculturales del Deporte  (CESDE) y del Núcleo de Sociología del Fútbol. Es coautor del libro “Quien raya la cancha” (CLACSO. Buenos Aires, 2016) junto a otros integrantes de CESDE.

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